Memorias del unicornio
Hola, me llamo Bolten. Soy un unicornio. Visto con una capa y porto una espada mágica que heredé. Viajé durante décadas por tierras oscuras, ví muchas cosas y estuve en distintos rincones. Aquellos momentos, los recuerdo con nostalgia. Por tanto, decidí poner en marcha este micro diario que publicaré los viernes sobre los trastornos, síntomas y enfermedades de los respectivos protagonistas (o antagonistas) de las historias que han marcado mi sinuoso y enervante pasado.

A
Armin y la Anhedonia= ausencia del sentimiento de alegría o placer; generalmente unida a falta entusiasmo (pobreza de estímulos)
Trabajamos juntos más de doscientas cincuenta noches en las minas de Ximpao. Nos encargábamos de cargar el carbón en las noches. Jornadas de 15 horas, más o menos. Armin, era una tortuga de aguas antárticas de cuatro dientes. El animal más resistente del mundo en ese momento.
Además era capaz de soportar todas las ofensas y vergüenzas. Le daba igual. Su condena, auto impuesta, carecía de excepciones: ni una sonrisa ni un momento de paz. El sacrificio no tenía concesiones.
Más de una vez platicamos en los breves recesos laborales. Mientras yo no disimulaba cansancio, a él parecía molestarle la tregua. Su mirada se había acostumbrado al pasmo. No tenía gestos. Andaba lento, paso a paso. Sus días, según comentó alguna vez, iban a la misma velocidad.
Sobre el pasado de Armin corrían un nutrido repertorio de rumores. Desde el castigo que sentenció el General Aminyiu del poderoso Ejército Antártico a la tortuga por su traición, hasta la trágica muerte de su familia en la explosión del volcán Awuewo.
Lo cierto, es, que sea lo que haya sido, Armin vivía refugiado en la anhedonia. Cada pedazo de carbón que soportaba sobre su enmohecido caparazón tiznaba su vida de una tristeza genuina, que no he vuelto a ver.
B
Barboa y la Bulimia: sensación anormalmente intensa y a veces irrefrenable de ansia de ingerir alimentos
Me tope con ella de casualidad. En un paradero campestre enclavado en el purgatorio del arcoiris intergaláctico. Yo iba solo. Estaba muy cansado. Las pezuñas me dolían, incluso, creo, tenía llagas. Barboa, en cambio, lucía radiante. Se acercó a mí, y me invito una copa. Platicamos toda la noche.
Las preguntas las inició ella. Yo respondía apenas. Luego se modificaron los papeles al mismo ritmo en que se rellenaba el contenido de las copas de forma misteriosa. La conversación ganó tonos inesperados en dos desconocidos que se hacían rápidamente confidentes.
Yo le relaté, de forma sucinta, mi miedo a las aves de plumas blancas, y describí con lujo de detalles y algunas mentiras, la aventura de los Ocho Oros (que luego escribiré).
Barboa, sin prisa pero sin pausa, habló de las vejaciones de las que fue víctima años atrás. Y aclaro que las notorias cicatrices del cuello se las hizo ella misma en más de un intento de suicidio.
La culpa: la voracidad con la que comía. En un día podía zamparse -según contó aquella noche- parvadas de patos y corrales de cerdos enteros de un bocado.
La bulimia sin freno marco de forma indeleble la vida de Barboa, la única zorra de cola amarilla de la región. Su abultada pero pálida figura dejaba comprender, que en un pasado no muy lejano, Barboa había sufrido o pecado más de lo normal. Cada palabra suya, olía a gula. Nunca olvidaré esa sensación.
C
Carpia y la cleptomanía: tendencia morbosa a robar, sin necesidad absoluta aparente, objetos sin valor práctico. Se da, sobre todo, en mujeres; generalmente coincidiendo con la menstruación, y va acompañada con frecuencia de una excitación sexual. Se le interpreta como una inhibición infantil del desarrollo del instinto sexual.
Compartí con ella el año más caluroso del siglo. Fueron días de tormento. La comida se agotó. El agua se secó. Carpia, la golondrina soltera de las mil plumas de seda y yo nos encaminamos hacia el sur en busca de nuevas tierras que explorar.
Andamos entre ríos y cascadas de color rojo atónitos por la belleza del paisaje. También tuvimos que esquivar el ataque frontal de más de una pandilla de ladronzuelos. Finalmente llegamos a la capital de la zona del Fiup, famosa por su tarta de garbanzos, sus licores alucinógenos y sus frondosos ciudadanos.
Recuerdo, que desde el primer instante, Carpia se notaba inquieta. El puro aire del Fiup, parecía haber modificado su mapa hormonal. Sudaba, movía las alas indiscriminadamente, tenía las pupilas dilatadas.
Esa noche dormimos en un granero en las afueras. Yo opté por echarme sobre la paja y dormir. Carpia salió: adujo no tener sueño.
El día siguiente ella no apareció. Ni el siguiente ni el siguiente del siguiente. Después de cuatro días sin saber de ella, la volví a ver. Bajo la sombra de un árbol. Su aspecto no era el mejor. Sus plumas lucían opacas; sin el brillo normal.
Después de charlar un rato, se quedó dormida. Estaba rendida y me dí cuenta por qué. En un hoyo del árbol, había -si no conté mal- cuatro mil granos de garbanzo, que supongo, había robado. Uno por uno. Desconoció ser la responsable de transportar los granos, luego salió volando con dirección a ninguna parte.
D
Davide y la dipsomanía: abuso periódico del alcohol; aparece sin motivos aparentes volviendo a desaparecer cuando cede el deseo; es característica de los bebedores reincidentes.
Muy culto y educado. Lector voraz de los comunicados de las nubes y el cielo. Conocí al pato Davide en el VI Congreso de Animales Fantásticos en una pequeña aldea románica.
Las sesiones de aquel evento fueron muy intensas durante la mañana, pero por la tarde, todo era más relajado y divertido. Litros y litros de alcohol corrían entre las gargantas de los presentes. Todos con un ánimo convulsionado por contar y escuchar historias.
Davide, si no mal recuerdo, era el mejor para el relato. Sus gestos, precisos y calculados, daban un tono de frescura a sus ya de por sí, interesantísimas anécdotas. Los primeros días, me fijé, sólo tomo agua. Conforme fue ganando fama y reputación, comenzó a aceptar sustancias con grado etílico.
Y ya no paró. Su personalidad varió. Sus narraciones ahora rayaban en la exaltación propia de quien pierde el control de sí mismo y la vergüenza. Por muchos años, la comunidad de animales fantásticos juzgó duramente al mejor pato en el mundo para leer los designios de las nubes y el cielo. Su alcoholismo caprichoso siempre jugó en contra de la genial naturaleza de Davide. Lo volví a ver años después. Estaba muy descompuesto y tenía el pico oxidado, como si hubiera estado demasiado expuesto a los efectos corrosivos del algún líquido.
E
Efil y la ereutofobia: temor a enrojecer, neurosis obsesiva ligada a determinadas situaciones, con angustia de anticipación, trastornos de la respiración, etcétera.
Amiga de toda la vida. Tímida y fiel compañera. Efil siempre ha tenido y tendrá un lugar muy especial en mi corazón, aunque suene cursi. Los ocasionales destellos de su cabizbaja mirada me han llenado de alegría. Siempre.
De ella, lo puedo escribir todo. Sus reacciones, sus gestos. Es fantásticamente predecible. Y penosamente aprehensiva e insegura. Efil es el único lutrino tropical, del que se tenga registro. Socialmente, le ha pesado ser dueña de esa extraordinaria rareza, por la que, dice, padece el más bochornoso de los defectos: el intenso rubor de su cara, que la expone y la acribilla involuntariamente ante la mínima aparición de la adversidad, razón por la cual, vive un tanto aislada los de amigos que tanto la quieren.
A pesar de su endeble autoestima, Efil encuentra desahogo en un talento superlativo. Es capaz de nadar días enteros sin comer a una velocidad nunca antes descrita. Sus movimientos son pulcros y elegantes. Sus alas pintan galaxias en el agua. Hasta las bestias y monstruos marinos admiran el arte con el esquiva arrecifes de aquí y de allá. Por eso prefiere la vertiginosa soledad que le impide sufrir el saturado color carmín de la vergüenza.
F
Forfat y la fatiga: un estado resultante de un esfuerzo precedente que provoca disminuciones funcionales y de rendimiento reversibles, influencia la armonía orgánica de las funciones y, finalmente, puede conducir a un trastorno de la estructura de la personalidad.
Ya perdí la cuenta de los días. Forfat se quedó quieto y no volvió a moverse. Le echa la culpa a la fatiga, un diagnóstcio que se convirtió en el pretexto ideal para justificar la muerte en vida.
Pero él no era así. Aún conservó imágenes de él peleando, matando, bebiendo a placer. Vivía, por decirlo de alguna manera, en gerundio. Lo suyo era la acción y se sentía cómodo con ella. Dormía lo mínimo. Siempre iba en busca de algo, y de algo más. Todo revolvía sus ganas. Todo motivaba sus planes. Todo, absolutamente todo, inspiraba sus pasos. Hasta que cayó agotado. Un tarde de invierno, creo. Una helada tarde de invierno, Forfat no pudo más. Se desvaneció sobre la espesa nieve, en mitad de un viaje que hacíamos medio centenar de unicornios con dirección a la desembocadura más al norte del río Volga.
Nosotros continuamos, creyendo que estaría bien al día siguiente. No se recuperó ni aquella mañana ni las próximas, y hoy vive, postrado en un pajar inmundo y pestilente.
G
Ghun y el gargolismo: enanismo a consecuencia de trastornos genéticos del metabolismo de fósforo.
Criatura más tierna no recuerdo. Amante de la naturaleza y todos sus componentes estéticos. Supe de la existencia de Ghun antes de conocerlo y establecer la amistad que anos unió por años; las numerosas burlas alrededor de su grotesca figura no se caracterizaban por su clemencia.
A pesar de las versiones que desangraban a diario el pequeño corazón de Ghun, él enfrentaba la vida con ánimo y perseverancia. Reconocía las ofensas, incluso las justificaba. Sin embargo, su desproporcionaba complexión y su desfavorable aspecto no le impedían relacionarse con otros seres, ni bailar, ni beber a placer los días de fiesta.
Ghun no era más que un hombre, como cualquier otro de los habitantes de este mundo, pero muy pequeño. Feo, feísimo, para ser honesto. Pero era un sabio, un donante de consejos. Un escuchador profesional de los problemas ajenos. Su posición cercana al dolor y a la vez al disfrute de los días, lo dotaba de una mente forforescente, pirotécnica. Tanto de ideas como de respuestas.
H
Hilán y la hebefrenia: locura juvenil, forma especial de la esquizofrenia; comienza latentemente en la pubertad, mermando progresivamente las facultades afectivas y vitales; a menudo acompañada de conductas y actitudes extravagantes.
Hilán, su nombre, hija del macho coleóptero de las alas áureas. Su destino se sostenía entre la gloria y los poderes ilimitados que le confiere su abolengo real, pero nada pudo ser. Sólo el olor de las flores mantenía sus ojos abiertos, permitía brevísimos gestos de cordura.
Por mi amistad con su padre, pude conocer de cerca a Hilán. Fui testigo del dolor que causaba en toda la comunidad su extraño estado. Una condición física y mental sin explicación alguna aparente. Una especie de locura juvenil que a veces arreciaba y otras se mantenía en pausa por largos períodos de tiempo.
En medio, las magnolias. Las únicas acompañantes de la princesa que jugaba a ser muda en las mañanas y ciega por las noches; bella en verano y desdichada durante el invierno.
Mis recuerdos de ella son siempre al resguardo de una o mil magnolias. Todas cobijando su caprichos o su neurosis. Todas pendientes de su mirada perdida o sus impulsos llenos de ira. Sin ellas, Hilán se retorcería hasta la muerte, y con ella, su padre, etcétera, etcétera.
I
Igrif y la imbecilidad: Oligofrenia congénita de grado medio. Minusvalía intelectual originada por ciertas disfunciones hormonales.
Pobrecita. Dueña de todo, y dueña de nada. Infancia más cómoda no recuerdo. Colmada de regalos, elogios, manjares. Pero Igrif, era una imbécil. Las esperanzas de los vampiros del acantilado, estaban puestas en ellas. Pronto, el ánimo se esfumó.
Ni el habla ni los gestos ni el más mínimo rasgo del carácter de sus ancestros se habían fijado en su genética. Igrif, era una estúpida. Incapaz de sortear los más nimios dilemas de su existencia. Mucho menos, los de la comunidad más numerosa de vampiros del valle. Animales voraces, astutos, hambrientos.
Mientras la vida en la cueva mayor consistía en un trajín lleno de actividades, Igrif veía su vida pasar en la contemplación detallada de cada segundo. Tertulias infinitas en babia.
Desde los pies a la cabeza, la imbecilidad de Igrif era grosera. La apatía, la ignorancia. La insustancia de un ser que no pudo ser. Porque no se le dio la gana. Porque lo tenía todo, pero no se le dio la gana, según mi opinión.
La imbecilidad de Igrif, siempre me agobió. Nunca le perdonaré ser como fue. Aunque a decir verdad, ella no tenía la culpa: su padre, mi incondicional amigo de la infancia con quien volaba cometas las mañana de invierno y además líder de la parvada, siempre se culpó a sí mismo por la triste condición de su única descendiente. Yo nunca estuve tan seguro.
J
Jat y el juego: La libre puesta en acción, por mero placer, de las propias energías sin la intención de obtener directamente un provecho.
De cuento, Jat era de cuento. Todo él, parecía extraído de alguna leyenda popular por su excentricidad y alegría. Jugaba: día y noche. No dormía. Iba de un lado a otro. No sé qué buscaba pero siempre buscaba algo.
Cuando bajaba al río, siempre me topaba con Jat. Y charlábamos. Más o menos, porque no sabía estar quieto. Dos, tres, cuatro diálogos y sus diminutas alas empezaban a moverse. A querer repicar entre las gotas de agua. Luego volvía y respondía a mis preguntas con prisa. Ya había fijado otro punto en el horizonte con el cual divertirse.
El juego, su vida. Jat criatura más juguetona no conocí. Mañanas soleadas, tardes lluviosas, noches gélidas. Cualquier momento servía para adentrase en las superficie de una nueva aventura. Tantas que ni siquiera podía narrarlas. Porque además ni hablaba de ellas. Antes de terminar una, ya estaba elucubrando la siguiente. Y así, siempre. A pesar de su naturaleza, su mirada expuesta en esos enormes ojos azules hundidos, reflejaba una soledad auténtica.¡Vaya ironía!
L
Liru y la lexitimia: Enfermedad neurológica en que, debido a un traumatismo craneo-encefálico, la persona no sabe reconocer sus sentimientos.
Tremendo amigo. Bebedor insaciable de gotas de vida. Herrero de una original armadura bañada en kilos de alegría y sensibilidad. Liru cabía en todas las mesas –pese a su impresionante altura-. Estuviera o no. Liru aparecía en cada fiesta. Fuera o no. Él iba por ahí, derramando su personalidad sin dobles intenciones ni pretensiones de alcurnia. Pero se fue una tarde: una piedra que cayó del cielo lo dejó amarrado a una correosa lexitimia.
Sin emociones, así se quedó. Como Armin. Pero peor. Porque Liru de verdad gozaba los segundos, y los minutos, y las horas. Desde la cima de nevado monte del Prim, se dedicó a esperar el término de un martirio, que de verdad, no se merecía.
Hasta antes de la tragedia, Liru había puestos todas sus energias al servicio de nosotros: sus amigos. Yo era uno de ellos. Mientras él paseaba en las mañanas y bebía agua de las mismas nubes, solíamos charlar. Sus consejos eran para mí, una guía. Sus elevados relatos representaban un desahogo, tanto para él como para mí.
Pero se tuvo que ir. Sin deberla ni temerla. Esa maldita piedra le dejó el corazón frio, y al mismo tiempo congeló su cerebro. Porque ya no pudo ser el mismo, y nosotros, o por lo menos yo, tampoco.
M
Mariskipyota y el mutismo: mudez como expresión de un trastorno psíquico.
Era realmente un especimen, único. Bello pero muy desgraciado. Mariskipyota, era una osa…con una cola de sirena. Desde el río vivía, invierno tras invierno, inmersa en un aterrador y claustrofóbico silencio provocado por las constantes vejaciones que le provocó su progenitor, el mismo que había violado a la sirena más hermosa del polo: su madre.
Solita, Mariskipyota hacía como que perseguía salmones. Perdida en una vida que claramente no quería. Asimilaba las burlas, tanto de los osos como de la sirenas, sin chistar. No encajaba en ningún lugar, excepto en su piedra favorita. Una roca acolchonada por el agua y un prominente musgo. Ahí posaba su cola con desgano. Ahí se escuchaba a sí misma, resignada. Pero en silencio. Con palabras insonoras que cavaban su piel con rabia. Y la dejaban atormentada en la profundidad de su mutismo y su extravagente existencia. Condición que la hacia única y también desdichada.
Hace mucho que no la veo, de hecho debería darme una vuelta pronto, para ver cómo está la pobrecita.
N
Nobedul y el narcisismo: con este término, procedente de la mitología griega, se designa el fenómeno de enamorarse de sí mismo.
Tantas, tantísisimas peleas que tuve con él. Por su carácter engreído, soberbio, egoísta. Y tantas, tantísimas que no existieron, por mi carácter reservado y pacifista. Me arrepiento, porque de haberlo confrontado más seguido y con mayor intensidad, quizá, Nobedul se hubiera dado cuenta que su narcisismo, su impresionante amor por él mismo, nos estaba alejando.
Cosa que ocurrió. No fue mi culpa, lo juro. O quizá, sí.
De repente, cuando jóvenes, organizábamos excursiones al bosque y a la montaña. Nos escapábamos días en busca de fronteras a la deriva. Pero era Nobedul, el que siempre quería tener la última palabra, la maldita última palabra. Fuera pequeña, mediana o grande, él la quería tener. Era Nobedul, el que siempre hablaba de él, luego de él y después de él. Cuando llegaba el tiempo, de los otros de hablar…ya se lo imaginarán. Rápido, buscaba temas, lineas narrativas que le favorecieran. En las que él y su apabullante narcisismo pudieran sobrellevar el rigor infinito de amarse a sí mismo en todas las expresiones posibles.
Sin embargo, Nobedul era un tipo noble. He de aceptar. También, generoso y compartido. Amigo, al fin. Complicado, delicado, absorbente, como deben ser los amigos, si no para qué.
La separación llegó al tiempo. Los sentimientos encontrados y confrontados permearon hondo en la amistad. Si no se trataba del ego de él, se trataba del silencio de mí. Nos fuimos haciendo culpables, los dos, de nuestras propias naturalezas y sensibilidades. Aunque estoy seguro, algún día de estos, nos volveremos a encontrar. En lo mismo. Envueltos en su narcisismo, que para entonces, seguramente habré digerido.
O
Ollao y el olvido: desaparición de la memoria de contenidos de conciencia de tal forma, que no pueden ser recordados.
El pescadito más tierno de todas las aguas. No tengo forma de confirmarlo, pero me gusta pensarlo. Ollao, es un pececito amarillo, de ojos azules y que vive en un coral cerca de mi playa favorita. Sí, la misma donde galopaba con mi abuelo.
Un día, justo a la muerte de mi abuelo, volví a esa arena en busca de consuelo. La pérdida había sido enorme, y un pequeño animalito apareció para escuchar una y mil veces mi dolor. Ese día, y veinte, treinta o cuarenta más.
El olvido de Ollao, me permitió desahogar en su condición, cada una de las veces que me acordaba de mi abuelo. Ollao como si nada, escuchaba siempre atento la historia como si fuera la primera vez. Apenas salido del agua, apoyado sobre una piedra llena de musgo y sin parpadear.
Al termino de mi discurso, Ollao siempre me daba el mismo consejo. El típico en casos de muerte: Ya pasara amiguito, el tiempo hace que todo se olvide. ¿Que ironía, no?
P
Panik y la pedantería: Amor exagerado por el orden y penosa observación por pequeñeces, con pérdida de la visión de lo esencial; según Freud está relacionada con la etapa anal.
Ay, de verás que con Panik no se podía. Era superior a mí y a mis ganas de tener una buena relación. Lo intenté pero no pude. La minuciosidad de su rutina me hacía perder la paciencia. Me hacía perder la calma. Me hacía…me hacía tantas cosas hasta que exploté e hice que se fuera de mi vida. A la mala.
A Panik lo conocí un día cualquiera. Él se acerco a mí, y no yo a él, como siempre sostuvo. En fin. Empezó a hablar de temas raros, sin sentido. Muy aburridos por cierto. Del caos y el orden. Después de un rato de charlar, comprendí que no era normal. Mucho menos tratándose de una orthoptera, mis animalitos preferidos.
Dejé, porque no me quedó de otra, que se fuera colando en mi vida. Y mientras lo hacía, cada día, me daba cuenta que de esa supuesta amistad no saldría nada bueno. Y no porque no me interesará su plática, pero su obsesión –que le generaba a él mismo una genuina obsesión- por detalles insignificantes, me abrumaba. Me fastidiaba enormemente.
Panik era incapaz de ver el horizonte. Antes se fijaba en el desacomodo de las nubes, en la irregularidad cromática de la seca pradera, en la inconstancia del viento y la falta de patrón de las olas. Se volvió loco, no lo podía comprender. Brincaba por aquí y por allá, furioso. Arrebatado por las puñaladas del destino que siempre jugaban en contra de él y de su insoportable pedantería.
R
Ravi y la resistencia: oposición inconsciente o quizá consciente a llevar al nivel de la conciencia experiencias, ideas, afectos, etc., pasados, que provocarán ansiedad.
Un tipo precavido era Ravi. Uno de los pocos hombres con los que he establecido relación. Mensajero de profesión, su trabajo consistía en trasladar información confidencial entre lugares distantes. A veces, requería de mis servicios y yo le ayudaba de buena gana.
Ravi, como ya dije, apenas pronunciaba palabra. Pero las que salían de su boca eran las exactas. Las precisas. Como buen portador de mensajes importantes, sabía lo que sí y lo que no podía decir. Pero había algo intrigante alrededor de su forma de actuar. Un pasado, quizá, que le taladraba la médula y de paso la lengua.
En más de una ocasión, intenté averiguar las razones. Pero su resistencia estoica a evocar el pasado, le fue silenciando la voz y secando el corazón.
Dejó de contratar la velocidad de mis alas y la ubicación de mi cuerno, porque se fue quedando sin trabajo. Era tal su oposición para hablar, que ya ni siquiera podía entregar por lo que cobraba. Una cosa rarísima la de Ravi. De hecho debería de buscarlo para ver cómo está.
S
Sap y la satiriacis: instinto sexual excesivo o exageradamente morboso.
Siempre creyó que era normal, pero no lo era. Su criminal obsesión por lo prohibido. La pérfida combinación de sus impulsos lo catapultaban a las galaxias más siniestras del libido. El natural, el que es salvaje, el que no tiene escrúpulos, y mucho menos conoce los límites.
Sap vivía con dolo su satiriacis. Perseguía a las jacarandosas venaditas de cola blanca. Iba tras las multicolores plumas de las aves del estanque. Corría, con la lengua de fuera y salivando, en busca de una, dos o tres presas para saciar su diagnosticado morbo de mapache campirano.
Fuimos amigos de la infancia. Más por costumbre que por afinidades. Digamos, que nunca compartimos los mismos intereses, pero nos apreciábamos. Me enteré de su patología a simple vista. La obviedad del extraño, del anormal, del que tiene algo raro, aunque no se sepa qué.
Nunca lo platique con él. Tuve miedo o me faltó confianza. Al escribir este recuerdo en mi diario, me arrepiento. Porque ahora, ya no hay nada que hacer. Sap, vive en un refugio especial para mapaches trastornados. No lo he ido a visitar porque me dijeron que como él, hay varios. El ambiente es muy hostil: dicen que es el único lugar donde se puede inhalar el sexo, uno que ofende, que no se entiende, pero existe. A ver si un día de estos me paso.
T
Tips y el tartamudeo: es un trastorno del lenguaje, consecuencia de inhibiciones psicogénicas
La vida lo premió. Con casi todo, menos con el habla. De no ser por este particular detalle, Tips hubiera sido condecorado como el hombre más suertudo del planeta, mejor jinete, más aguerrido peleador. Pero no.
Además era listo, sincero, ecuánime, muy ilustrado, sin embargo su voz, entrecortada, balbuceante daba tan mala impresión que el destino le confirió otra fortuna. Una muy distinta, a la que seguro, estaba escrita.
Las burlas y los obstáculos lo hicieron descender hasta los calabozos sociales más pestilentes. De ser llamado un ser prolijo, único, pasó a ser otro más. De hecho, uno menos. Todo por un tartumudeo congénito. Agobiante. Insoportable. Nauseabundo.
Y aún en las profundidades de la lástima, sufrió. Incluso esos seres repulsivos, lo lapidaron a insultos y ofensas. Sin piedad, finiquitaron su dolor. Le quitaron la lengua, ese músculo dañado que le quebró la vida palabra a palabra.
Memorias del unicornio by Francisco Michavila is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 México License.
Based on a work at bolteninc.wordpress.com.

25 Julio 2009 a las 4:58 am |
[...] del unicornio By bolten inc Ya puedes revisar cómo van los escritos de Bolten en la sección Memorias del Unicornio. Cada semana narrará y describirá dos anécdotas relacionadas con un trastorno, enfermedad, [...]
31 Julio 2009 a las 2:09 pm |
[...] unicornio 2 By kikelgeek Ya puedes revisar cómo van los escritos de Bolten en la sección Memorias del Unicornio. Cada semana narrará y describirá dos anécdotas relacionadas con un trastorno, enfermedad, [...]
8 Agosto 2009 a las 3:53 am |
[...] del unicornio 3 By paks Ya está arriba la tercera edición de Memorias del Unicornio. Esta vez toca a la E y la F. Efil y Forfat son los respectivos protagonistas de las [...]
14 Agosto 2009 a las 5:20 am |
[...] del unicornio 4 By paks Hey, ya está arriba la cuarta edición de Memorias del Unicornio. Esta vez toca a la G y la H. Ghun e Hilán son los tristes protagonistas de estas [...]
28 Agosto 2009 a las 7:19 am |
[...] del unicornio #5 By paks Ya está arriba la quinta versión de Memorias del Unicornio. Esta ocasión, la imbecilidad de Igrif y el juego de Jat son los protagonistas delas [...]
9 Octubre 2009 a las 8:12 am |
[...] del unicornio #7 By paks Ya está arriba la séptima edición de Memorias del Unicornio. Esta vez se trata del narcisismo y el olvido. Obviamente, ya estamos en la N y la [...]
30 Octubre 2009 a las 5:13 pm |
[...] del unicornio #9 By paks Ya está arriba la novena edición de las Memorias del Unicornio. Esta vez, se trata de la pedantería y la resistencia de lo que habla el [...]